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Crónicas

    • 17
    • 06
    • 2026
  • El Encín

    ENCIN

por: Fernando Rodríguez López de Andújar

El pasado día 16 se celebró el undécimo, si no me fallan los cálculos, torneo de esta temporada. El campo de turno fue El Encin, cuyas instalaciones se sitúan en una finca del mismo nombre con una larga y curiosa historia desde sus inicios en el siglo XVII como señorío agrícola y coto de caza con jurisdicción propia independiente de las de las vecinas Guadalajara y Alcalá y tributación directa a la Corona. Antes de convertirse en 2011 en campo de golf municipal gracias a la iniciativa e impulso del empresario madrileño Molpeceres, El Encin fue un centro de investigaciones agrarias en los años 50 y 60 del siglo pasado e incluso una instalación nuclear algunas décadas después.
Pero dejemos la historia de este caluroso, ventoso y algo inhóspito recorrido y vayamos con algunas historias de la jornada. Llegué a El Encin después de hora y media de sortear el abundante tráfico cotidiano de las distintas zonas que se atraviesan desde la lejana Torrelodones. Al abrir el maletero de mi coche para preparar los palos y el carrito observé con perplejidad que estaba absolutamente vacío: así lo había dejado para hacer hueco a las maletas para un viaje en el reciente fin de semana. “Pues no me quedo sin jugar después del viajecito”, pensé. Y así lo hice, de modo que tuve que alquilar un juego de palos –Inésis, verdaderamente roñosos y con varias vidas ya a sus espaldas- y adquirir las bolas, el guante, la toalla, los tees, el marcador…Y todo ello después de sucesivas idas y venidas intentando llegar al tee del 1, al paso que iba detectando nuevas, nuevas y nuevas necesidades técnicas.
Pero llegué al tee de salida. “Un poco justito va usted de tiempo”, me soltó el joven y sobradamente deslenguado andoba que parecía controlar las salidas. Allí esperaban el ilustre secretario de la Asociación –y a la postre ganador de la contienda- Javier Hernández Mateos, y el no menos ilustre expresidente de esta, Pepe Sanjurjo. “Ibamos a empezar sin ti”, me dio la cordial bienvenida el citado Hernández Mateos. “Ya, como hiciste el día de Montealvar”, recordé inmediatamente. El caso es que, efectuadas las salidas correspondientes, se subieron los dos en un bugui y tomaron las de Villadiego a la velocidad máxima que permitía el artefacto, acción que se iría repitiendo en todos los hoyos durante toda la mañana. Pero la sangre no llegó al río y fue una jornada agradable, aunque, como cuento, acelerada y accidentada.
Durante la comida vi muy contento a Javier por su victoria: “ya era hora”, decía casi aliviado. Redescubrí en Javier al inagotable comentarista de tácticas y estrategias, efectos, distancias, palos, trayectorias y sucedidos varios del mundo del golf; en lo que respecta al juego en sí, ya fueran golpes suyos o ajenos. Por otra parte, eché de menos, supongo que por deformación, digamos, profesional, la fotografía de grupo que suele hacer el arrebatador e inefable Jesús Pastor, pero nada es perfecto. Otros ganadores fueron Miguel Ángel Box –segunda categoría- y, en los pares tres, Luis Muñoz, Enrique Carneros, Javier Angulo y Pepe Navío.
Finalizo, como no podía ser de otra manera, “agradeciendo a la Asociación la oportunidad y el honor de escribir esta crónica”. La verdad es que pensaba que podía tocarme escribirla dada la mediocridad casi perfecta que representa ocupar el puesto 13º en una clasificación de 26 jugadores. ¡Nos vemos en La Faisanera! (“Y no te olvides los palos esta vez, joder”)